Repasemos las señales, están ante sus ojos

Artículo de Patricia Simón en La Marea

“Solo hay una manera de no llegar al día en el que todas las señales que estamos viendo se conviertan en ‘La ley’. Pero para eso hace falta aprender a unirnos, abriéndonos a las diferencias, haciéndonos fuerte en la pluralidad de prioridades y de ideas”.

Escena I

Hay un día en el que, como ocurrió en Siria hace siete años o en Nicaragua hace unos meses, sales a la calle a pedir un poco menos de corrupción o que no recorten las pensiones, y terminas esquivando las balas de los policías. Si la rabia ante las primeras muertes te impulsa a vencer el miedo, decidirás no volver a casa esa noche y te unirás a otros y otras tan asustados como tú, tan sobrepasados como tú, tan desconcertados como tú. Esos desconocidos hasta hace un rato se convertirán en tu familia en las siguientes semanas y meses. Llegará un día en el que te des cuenta de que ya nunca podrás volver a tu hogar porque sabes que allí te están esperando para atraparte, torturarte, desaparecerte; y al mismo tiempo sentirás la imperiosa necesidad de comprobar que tus padres, esposo o hijos no han sufrido las represalias de un Estado que, hasta no hace tanto, solo te parecía que abusaba demasiado, que corrompía demasiado, que manipulaba demasiado o, incluso, que torturaba demasiado. Piensas que si el mundo sabe lo que está ocurriendo, que si consigues publicar vídeos de cómo os están asesinando, intervendrá, irá en vuestro socorro, porque ¿cómo podrían saber que un pueblo está siendo masacrado y no actuar?

Meses después ya no tienes ganas de atender a los periodistas a los que una vez recibiste con esperanza, protegiste de los francotiradores, alojaste en tu escondite. Porque, ¿para qué contarlo todo otra vez? ¿Para qué mostrarles de nuevo los hospitales clandestinos y las morgues? ¿Le importan a alguien, acaso? ¿Cambiará algo, acaso? Una noche, desde tu refugio, ves cómo ejecutan de un tiro en la cabeza a tu compañero, ese que te salvó la vida tantas veces. Temes ser descubierta por el vaho que despide tu boca. Deja de respirar. Y de llorar, te ordenas. Semanas más tarde eres apresada, seis policías te violan, te gritan “traidora”, te dicen que van a matar a toda tu familia, te arrojan a un calabozo, y ahora sí, te quieres morir. Morir ya, ahí, nomás. Pero te vuelves a despertar, y rezas sin saber a quién dirigirte, porque no hay Dios, pero debería haberlo, y maldices el día que decidiste pedir un poco más de pan, de justicia, de libertad. Y te gustaría volver a los días en los que tu gobierno corrompía de más, manipulaba de más, torturaba de más. Pero no hay Dios, ni vuelta atrás.

Cuando deciden soltarte para que tu cuerpo masacrado sirva de advertencia a los demás, corres y corres hasta cruzar la frontera más cercana. Ladridos, focos, vallas. Refugiada, sea bienvenida. Pase, aquí tiene su campo de concentración. O aquí tiene un parque en el que dormir. O aquí termínese de morir en vida. O aquí, díganos, un poco más alto, mire a cámara: ¿Mereció la pena?

Escena II

Por fin, aquella noche de julio de 2016 estrenábamos nuestro documental La fuerza de los pequeños en Gijón. Entre los varios centenares de asistentes, se encontraban algunas de sus protagonistas, mujeres que habían conseguido liberar, con el apoyo de los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff, a más de 11.000 trabajadores en los últimos veinte años. La emoción electrificaba el ambiente. De repente, las pantallas de los móviles de muchos de los periodistas que asistíamos al estreno se iluminaron por las alertas. Turquía estaba sufriendo un golpe de Estado. Nos miramos, algunos salieron de la carpa para hacer llamadas, otros nos fuimos a alguna esquina donde consultar las noticias sin molestar al resto de los espectadores.

Nunca se aclaró si la insurrección fue real o un montaje del presidente Erdogan para salir de la crisis política en la que llevaba inmerso desde las protestas de 2013 de Taksim Gezi, y justificar así la imposición de un régimen autoritario como respuesta. El caso es que, desde entonces, más de 150.000 funcionarios han sido despedidos acusados de tener vínculos con el fallido levantamiento o con grupos terroristas, más de 70.000 personas –muchas de ellas, profesores, periodistas y defensores de derechos humanos– han sido encarceladas preventivamente por los mismos cargos y unos 130 medios de comunicación han sido censurados por el gobierno, según datos de Human Rights Watch. Un año después, un cuestionado referéndum que ganó Erdogan con el 51,37% de los votos frente al 48,63%, convertía a Turquía en un régimen presidencialista con omnívoros poderes legislativos y judiciales. Erdogan terminaba así de dar el portazo a la, al menos aparente, separación de poderes que toda democracia debe salvaguardar. El terror y la oscuridad que exuda el totalitarismo se colaban en los hogares de la que, hasta pocos años atrás, se nos presentaba como la esperanzadora democracia turca. Frente a la legalidad, se había impuesto ‘La ley’.

Escena III

Pero antes de aquel extraño levantamiento hubo señales: arrestos arbitrarios, agresiones policiales contra los manifestantes, casos de corrupción con los tres poderes del Estado implicados, recortes de derechos y libertades, ataques a los medios de comunicación, la creación de enemigos externos e internos a los que convertir en cabeza de turco, el cuestionamiento de las garantías jurídicas para presentarlas como un obstáculo para el deber del Estado de proteger a su ciudadanía… Hubo quienes advirtieron las intenciones, como los dos mil profesores universitarios que firmaron un manifiesto en enero de 2016 contra la violencia del Estado empleada en el sudeste kurdo. Lo pagaron con despidos y cárcel. Las mismas señales que también vio la madre de June Osborne, protagonista de la serie El cuento de la criada, basada en la novela distópica de 1985 de Margaret Artwood. Holly Maddox, activista feminista, vio claro que “su país se iba por el desagüe”, como dice en un momento de la serie en el que le recrimina a su hija que esté “pensando en jugar a las casitas”, refiriéndose a sus planes de boda, en lugar de combatir la amenaza del fundamentalismo. No es hasta años después, en un Estados Unidos ya sometido a una dictadura teocrática, y repasando clandestinamente los periódicos en los que su madre aparecía en las protestas, cuando es capaz de identificar todos los síntomas que había infravalorado en su momento.

Si hay algo que me aterró desde el primer capítulo de la brillante y necesaria serie El cuento de la criada es su realismo, su lucidez para describir lo que han vivido los habitantes, y especialmente las mujeres y el colectivo LGTBIQ, de países donde la ortodoxia y el autoritarismo se han ido apoderando de sus instituciones: Israel, Egipto, Afganistán, Iraq, Rusia, Brasil, Nicaragua… Y, sobre todo, la advertencia que supone para lo que nos está pasando en Europa y en Estados Unidos. La deshumanización del otro, del extranjero, del migrante de la que llevamos siendo testigos más de dos décadas en Europa, y en concreto en España, solo necesitaba de una crisis-estafa para transformarse en deshumanización y criminalización también de los pobres –empobrecidos– autóctonos, de las ‘desviadas’ feministas y personas del colectivo LGTBIQ, de los y las defensoras de derechos humanos, de los y las intelectuales insobornables, de las voces heterodoxas…

En el caso concreto de las mujeres en la España democrática, las primeras que vieron cómo el Estado disponía, sin pudor, toda su maquinaria para oprimirlas, explotarlas, amedrentarlas mediante las redadas racistas y desecharlas mediante las deportaciones, fueron las migrantes, especialmente las que estaban en situación administrativa irregular. El Estado es su enemigo y la legislación está diseñada para que les resulte prácticamente imposible salir de la clandestinidad y que, así, tengan claro cuál es su lugar: la mano de obra más explotable. Con la supresión del Ministerio de Igualdad como primera respuesta a la crisis, el gobierno de Zapatero mandaba el mensaje a la sociedad de que erradicar la discriminación sistémica de la mitad de su población autóctona dejaba de ser una prioridad. Como lo fue la orden del gobierno de Rajoy, mientras se instalaba en la Moncloa, de que se vaciase de presupuesto la Ley de Dependencia.

Poco después, Gallardón se quitaba la careta de rara avis dentro del PP –que con tanto entusiasmo habían construido algunos medios de comunicación– para anunciar restricciones al derecho al aborto. Consiguieron tumbar su intención las decenas de miles de mujeres que llenaron las calles de Madrid en 2014 gracias a la convocatoria feminista de El Tren de la LibertadMientras, desahuciaban a decenas de miles de familias, muchas de ellas monoparentales y muchas otras lideradas en su resistencia por mujeres que dieron el paso de acudir a la PAH para evitar que sus vidas terminasen de desmoronarse.

Ahora, las masivas movilizaciones del 8-M, la irrupción de los discursos feministas en los medios de comunicación, el #MeToo y el esfuerzo de una parte de la izquierda por imponer una agenda feminista en el Congreso de los Diputados, han encontrado una virulenta respuesta reaccionaria de la que Vox solo representa el histrionismo. Ya sabemos cómo se volcó el PP y parte de la Iglesia católica contra la aprobación del matrimonio homosexual. Cómo, este año, PP y Foro Asturias han votado en contra de la despatologización de la transexualidad. Cómo el PP y Ciudadanos ningunearon y rechazaron la huelga general del 8-M hasta que la marea feminista les obligó a recular e intentar,  borchornosamente, subirse al carro.

Escena IV

Que Vox venga a decir que hay una reducida parte de la población que no nos quiere en este país no me preocupa. Ya lo sabíamos. Que el Partido Popular y, ahora su bastón, Ciudadanos, haya siempre identificado a los y las defensoras de derechos humanos como un obstáculo para el enriquecimiento de las élites por defender la justicia, la igualdad, la verdad, el amor y la fraternidad, no debería sorprendernos. Es su negocio. Pero que parte de la sociedad civil organizada y los partidos de izquierdas se enzarcen en virulentas batallas dialécticas por la pureza ideológica o por la falta de adscripción total a sus postulados, no solo me indigna, sino que me aterra. ¿Cómo seducir, entonces, a esa población a cuyos problemas la democracia no está dando respuestas para que no voten democráticamente a los antidemócratas? ¿Qué propuestas, modelos, medidas alternativas les estamos ofreciendo que alimenten su legítima aspiración a mejorar sus vidas? ¿Qué podemos esperar después de años de medios de comunicación masivos empeñados en crear una alarma social basada en una ‘invasión migratoria’ que no existe, en un aumento de la criminalidad que es una falacia, en un choque cultural que es un fantasma?

Yo tengo claro dónde está mi vanguardia política y social, y siempre está en la retaguardia, con las botas embarradas y los oídos y las mentes abiertas. Nunca azuza para que se apresuren los que vienen de más lejos, precisamente porque saben que el que más camino ha recorrido, más tiene que enseñarnos. Pero, para evitar que un día yo o cualquier otro preguntemos por nuestro derecho a ser quienes somos y nos respondan, como a la criada June Osborne, que esa ley que nos amparaba ya no existe, que ahora solo rige ‘La ley’, me encontrarán con todos los demás. Con todas y todos los que no piensen que un régimen o gobierno tiene más derecho que otro a reprimir, que la heterodoxia se paga con la inclusión en listas negras, que la libertad de expresión y la pluralidad de ideas es un derecho accesorio, que una vida vale más que otra, o que cualquier idea vale más que una vida.

Para esto se han reunido en Málaga más de 350 personas en Quorum Global, un evento que ha congregado a más de 100 organizaciones sociales con el objetivo de conectar sus luchas y aprender a trabajar en común para conseguir la transformación social que buscan.

Ojalá lo consigan. Porque la desunión ya estamos viendo a donde nos lleva: Under his eye.

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